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Historia de dos tragedias

Marzo de 2002

Cuando el World Trade Center y el Pentágono fueron atacados en septiembre 11, los americanos vieron con asombro como la tragedia se desarrollaba ante sus propios ojos en las pantallas de televisión. El resultado final fue la pérdida de miles de vidas, lo que originó un sentimiento de simpatía sin precedentes, de solidaridad y de exigencia de acciones. La mayoría de las personas sintió que nunca antes había visto o experimentado algo similar en sus vidas. Sin embargo, para una proporción menor de la población, el shock que causa un desastre súbito e inesperado trajo algunas reminiscencias sobre lo que fue la aparición de la epidemia del SIDA. Existen muchas similitudes entre lo que las personas experimentaron en ese entonces y ahora. No obstante, un poco más de un mes después del ataque terrorista, también se observaron diferencias muy notorias que aumentaron el dolor de quienes habían perdido personas amadas a causa del SIDA. Esas diferencias se han venido haciendo cada vez más claras con el paso de los meses.

Ciertamente, nadie esperaba ver el secuestro de aviones comerciales y su posterior choque contra rascacielos colmados de gente y edificios gubernamentales. Igualmente, a comienzos de los años 80, nadie esperaba la súbita aparición de una nueva enfermedad mortal que nos arrancaría grupos enteros de amigos y personas amadas en ciudades y pueblos a lo largo de la nación. Había sido tan solo unos pocos años antes que algunos prominentes científicos habían declarado que la batalla contra las enfermedades infecciosas había terminado y que ésta había sido ganada.

El terrible daño causado por la explosión de aviones cargados de combustible estaba más allá de nuestra imaginación. De igual manera, estaba más allá de nuestra imaginación esta nueva enfermedad que apareció hace dos décadas, llamada inicialmente "inmunodeficiencia relacionada a homosexuales" o GRID por su sigla en inglés (y posteriormente denominada SIDA). Fue una enfermedad que apareció sin preaviso y que parecía conducir a una muerte dolorosa y de prolongada agonía, en tan solo una semanas para algunos y unos meses para otros. La profundidad y extensión de la destrucción humana que traía consigo era tan sin precedentes, que sólo unos pocos fueron capaces de reconocer todo el horror que estaba por venir. Incluso algunos como Larry Kramer fueron ridiculizados por dar la voz de alerta.

En septiembre 11, mientras la visión de los aviones estrellándose contra el World Trade Center era aún dolorosamente reciente, vimos con asombro cómo estas estructuras aparentemente invulnerables colapsaban aplastando a miles de seres humanos tras una nube de humo tóxico, escombros y fuego. Una semana antes, nadie hubiese creído que estos pilares de acero y piedra pudieran de alguna manera colapsar derrumbarse y mucho menos de arriba hacia abajo. En la tragedia que comenzó a desarrollarse a comienzos de los 80, los científicos, los médicos y los ciudadanos comunes vieron con perplejidad cómo una enfermedad llevaba al colapso el mayor logro de la evolución: el sistema inmunológico. Trabajando desde adentro hacia fuera, se hallaba un virus diabólicamente inteligente que destruía el mismo sistema que había sido diseñado para derrotarlo.

En 2001, la ciudad de Nueva York permanecía en shock mientras contaba sus muertos en los días posteriores al ataque terrorista. Parecía que casi todo el mundo en esta gran ciudad de más de 10 millones de habitantes había perdido bien sea un compañero de trabajo, un amigo, un hijo o una hija, una madre, un padre o un ser amado. Algunos como los miembros del cuerpo de bomberos y de policía murieron en grandes actos de heroísmo, luchando por salvar otras vidas. Sin duda, hubo otros muchos héroes desconocidos, oficinistas comunes, que perdieron sus vidas tratando de salvar la de quienes los rodeaban. Algunos de los que quedaron atrapados en las torres estaban tan desesperanzados que se arrojaron al vacío desde las ventanas localizadas a más de mil pies de altura. Una historia tristemente similar se ha presentado durante la epidemia del SIDA. Desde sus primeros días hasta el momento presente, las personas han sufrido la pérdida de amigos, familiares y personas amadas. Dentro de nuestras propias comunidades, cada uno de nosotros conoció personas que sufrieron y luego murieron. Audaces investigadores y profesionales de la salud se entremezclaron con los enfermos, muchas veces sin ninguna protección, sin saber cómo se propagaba la enfermedad y si ellos serían las próximas víctimas. En nuestras comunidades surgieron personas heroicas que cuidaron de los enfermos y agonizantes, mientras que otros se organizaban para luchar por las necesidades de quienes estaban infectados y evitar que la nueva plaga se siguiera extendiendo. Muchos héroes desconocidos permanecieron sigilosamente en sus hogares, cuidando de sus seres queridos e incluso amigos quienes en muchos casos habían sido abandonados por sus propias familias. Igual que en Nueva York, en los comienzos del SIDA algunos se dieron por vencidos ante la desesperanza, quitándose la vida en vez de enfrentar el sufrimiento y cierta muerte inminentes.

Sin lugar a dudas, cualquier persona que haya convivido y sido afectada por la epidemia del SIDA sentirá una especial empatía por quienes recibieron el impacto de los ataques terroristas. Sabemos en carne propia lo que se siente. Aunque parezca una frase de cajón, sentimos también su dolor. A raíz del ataque terrorista, aproximadamente 3,000 personas murieron en un solo día. Tanto ellos como sus seres queridos merecen nuestras más sinceras condolencias lo mismo que las familias de las personas que murieron a causa del ántrax. Sin embargo, hoy en día aunque la tasa de mortalidad ha sido grandemente reducida, mueren 10 veces más personas de SIDA anualmente. En el clímax de la epidemia, más de 50,000 personas murieron al año solamente en los Estados Unidos. A nivel mundial la cifra llega a los millones y va rápidamente en crecimiento.

Aunque se reconozcan las similitudes de estos dos devastadores eventos en la historia de la humanidad, vimos también las perturbadoras diferencias en cuanto a la manera como la nación respondió a cada una de ellas, las cuales describen nuestro carácter como pueblo y como nación. A los pocos días de los eventos de septiembre 11, se llevó a cabo en todo el país una movilización para ayudar a quienes habían sido afectados. El gobierno no vaciló por un solo instante en asignar todos sus recursos para satisfacer las necesidades de las ciudades de Nueva York y Washington. Se extendió un cheque en blanco para aliviar el dolor y comenzar a reparar el daño. Eventualmente se llegaron a otorgar donaciones que fluctuaban entre los 300,000 y el medio millón de dólares por cada familia que había perdido a uno de sus miembros. Cualquier cosa que alguien dijera que se necesitaba, el gobierno estaba presto a enviar en una cantidad aún mayor. Durante las primeras seis semanas las instituciones privadas de caridad recolectaron más de medio billón de dólares. Las celebridades y la farándula casi que se tropezaban unos con otros en la realización de eventos para recolectar fondos y pedir donaciones. A medida que se conocieron las consecuencias económicas, el gobierno prácticamente de un día para otro aprobó que se asignaran 15 billones de dólares para apoyar a las aerolíneas, algunas de las cuales ya experimentaban dificultades financieras con anterioridad a septiembre 11. En las semanas subsiguientes, a medida que el pánico sobre el ántrax se apoderó del país, el Departamento de Salud y Servicios Humanos recibió $1.6 billones más para vacunas, antibióticos y la planificación de acciones para contrarrestar el bioterrorismo. A la CIA le fue otorgado un billón de dólares adicional para garantizar que Osama Bin Laden fuera liquidado. A la oficina nacional de correos se le prometió la asignación de billones de dólares para modernizar su equipo y promover la seguridad. Al cuerpo de guardacostas se le aprobó su solicitud de 10 billones de dólares para modernizar la defensa de nuestras costas. Durante los próximos cuatro años se gastarán 10 billones de dólares más para promover la seguridad en los aeropuertos. Igualmente, al menos otros 120 billones de dólares se invertirán en el sector militar durante los próximos 5 años.

En medio de todo, fue una respuesta espectacular para los primeros cinco meses de la tragedia. Por supuesto, esta tragedia golpeó al grueso de la sociedad americana y no solo a algunos grupos marginados.

La memoria pinta una imagen bastante distinta sobre cómo el país respondió cuando el SIDA apareció en escena. Durante los primeros años después de la aparición del SIDA, no existía presupuesto para combatir el SIDA, investigar sus causas y encontrar un tratamiento. Ni una miserable moneda de diez centavos. Los investigadores que decidieron dedicarse a estudiar la enfermedad a comienzos de los 80 lograron hacerlo únicamente quitándole a otros presupuestos y a lo que quedaba de algunas donaciones hechas para la investigación del cáncer. El gobierno no los animó a investigar el problema y algunos otros investigadores trataron de desalentar el estudio del mismo. Las primeras asignaciones de presupuesto para la investigación se hicieron en algunas ciudades y estados que fueron duramente golpeados. A nivel del gobierno federal, durante la época de Reagan, el presidente se negó a reconocer la existencia de la enfermedad (o siquiera a pronunciar su nombre). Personas que trabajaron en la Casa Blanca durante este período cuentan cómo el personal hacía bromas sobre la "buena suerte" de contar con una enfermedad que parecía afectar especialmente a los homosexuales y a las personas de color. No existía ninguna prisa por detenerla, ya que se pensaba que las personas que la contraían lo merecían por sus costumbres promiscuas. No fue sino hasta mediados de los 80, cuando para entonces ya habían muerto miles de personas y otros tantos estaban infectados, que se hicieron los primeros esfuerzos serios para la asignación de fondos. Aún en ese momento el ímpetu vino del Congreso más bien que de la Casa Blanca.

La farándula no llegó a involucrarse de lleno en la recolección de fondos hasta la muerte de Rock Hudson en 1986, pese a que grupos como la American Foundation for AIDS Research ya habían tocado con insistencia en sus puertas mucho antes. Aunque la investigación sobre el SIDA recibió una financiación razonable, esto no se dio sino hasta finales de la década. Aún entonces los programas de atención y prevención se quedaron bastante cortos. Hasta la fecha, los programas de prevención continúan teniendo una impresionante escasez de fondos, y algunos de los programas de apoyo que son de gran importancia para el acceso a tratamientos del VIH, como el AIDS Drugs Assistance Program (ADAP), pierden terreno cada año en el Congreso a medida que se pierde el interés en la epidemia. La mayor parte de los dólares necesarios para ayudar a quienes fueron afectados en los primeros años provinieron de donantes privados de las mismas comunidades. Pero por sí mismos, estos filántropos no podrían nunca esperar satisfacer la magnitud de las necesidades que se presentaban. En consecuencia, el SIDA hizo estragos en nuestras comunidades sin recibir ninguna atención. Aún hoy en día, las necesidades de los más pobres continúan insatisfechas.

En lugar de ser objeto de una manifestación masiva a nivel nacional de preocupación y apoyo, como la que vimos por las víctimas de septiembre 11, las personas con SIDA son a menudo tratados como descastados y parias. Los políticos han estado más dispuestos a pedir una cuarentena que a asignar fondos para los programas. Los niños con SIDA han sido aislados, y algunas veces hasta atacados físicamente y retirados de las escuelas, por parte de los padres de niños "normales y sanos". Mientras que muchas personas han tenido que ocultar su enfermedad para evitar perder sus trabajos y viviendas, muchas mujeres con SIDA han tenido que esconder su estatus para evitar perder sus hijos.

Esto es lo que nosotros como país hemos hecho a nuestros ciudadanos. El número de aquellos que se levantaron movidos por su compasión para contraatacar y cuidar de los enfermos fue muy inferior al de los que respondieron con hostilidad o indiferencia. Era el problema de "otros" -- una creencia que se generalizó bastante hasta que alguien del círculo personal resultó afectado.

La comparación con la respuesta a septiembre 11 es todavía más perturbadora si se considera la situación internacional. Decenas de millones de personas están infectadas en el África y en otras naciones en desarrollo, lugares donde a menudo se carece de una infraestructura básica de salud y parece imposible suministrar tratamientos y programas de prevención. Antes de septiembre 11, el Secretario de Estado Colin Powell declaró la epidemia internacional del SIDA como la "primera amenaza para nuestra seguridad nacional", concepto que desde entonces ha desaparecido del libro de frases del gobierno. Este año, incluso antes de septiembre 11, se necesitó un esfuerzo de cabildeo aún mayor para lograr que el gobierno asignara tan solo 200 millones para un fondo internacional para combatir la epidemia. Esto contrasta con las decenas de billones que se aprobaron sin problema para responder a las necesidades surgidas después de septiembre 11. Se estima actualmente que el costo de la guerra antiterrorista que es de 1 billón de dólares al día. Cientos de millones han sido asignados para reconstruir las cosas que destruimos con nuestras bombas en Afganistán.

Nadie cuestiona la necesidad de confrontar el terrorismo internacional o la de ayudar a las víctimas y miembros sobrevivientes de los ataques terroristas de septiembre 11. Nadie desea escatimarles la maravillosa profusión de preocupación y apoyo que han venido recibiendo tanto de sus compañeros ciudadanos como del gobierno. Nada ni nadie podrá devolverles a aquellos que perdieron. Resulta inspirador ver a un gobierno y a toda una nación emprender juntos una labor, con compresión y acción. Sin embargo, es inevitable traer a la memoria un recuerdo amargo sobre cómo nuestra nación, nuestras instituciones y aún un basto sector de nuestra población respondieron ante el SIDA, tanto en el pasado como mirando hacia el futuro. El número de personas muertas por el SIDA sobrepasa en gran número a las que murieron en septiembre 11, o si se quiere, a las que han muerto en todas las guerras en las que han participado los Estados Unidos. El total de la matanza de americanos en la guerra de Vietnam es igualada casi todos los años por las muertes a causa del SIDA, aún hoy en día cuando muchas personas equivocadamente piensan que ya se ganó la batalla contra esta epidemia. La lección de septiembre 11 es que cuando les importa lo suficiente y cuando quieren hacerlo, nuestra nación y nuestro gobierno pueden ser los más compasivos y generosos del planeta. Sin embargo esta generosidad y compasión puede ser altamente selectiva, repartida rápidamente y si ningún debate cuando se percibe que las víctimas son "personas como uno," o retenida o demorada si se trata de grupos marginados de nuestra sociedad.

Hoy en día se nos recuerda con mucha razón que ante todo somos americanos, sin distinción de raza o grupo étnico, y que debemos reunirnos y ayudar a quienes han sido afectados por el terrorismo. Un pensamiento noble que todos debemos acoger. Pero esta visión de alguna manera no se aplica cuando las tragedias afectan solo al segmento menos popular de la sociedad. Resulta inconsistente que de alguna manera no parezcamos reconocer la inmensa tragedia que ha traído el SIDA, la cual se está extendiendo a nivel mundial y cobrando muchas más vidas que todas las acciones terroristas imaginables. El SIDA es el más grande terrorista.

Somos una nación, un pueblo, un planeta. ¿Cuándo vamos a comenzar a actuar como tal?



  
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Este artículo era proporcionada por Project Inform. Es parte de la publicación Project Inform Perspective.
 
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