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Mi Tío Tenía SIDA
A Mi Mamá le Daba Miedo; No Sabía Qué Era Eso

Verano/Otoño de 2007

Mi Tío Tenía SIDA
Este es el testimonio de la sobrina de uno de los primeros enfermos de SIDA en El Salvador. Conocer de cerca la enfermedad mantuvo por meses a su familia bajo tensión. En la década de los 80, la enfermedad se consideraba propia de homosexuales, heroinómanos o haitianos. Su familia cuidó del enfermo con el amor de un pariente, y con la distancia que provoca el temor a lo desconocido. El tío murió en 1989. Su madre no habló de eso nunca, hasta el año pasado.

Cuando mi tío hablaba desde Estados Unidos, siempre pedía platicar con sus sobrinos. Pero ese día, el rostro de mi mamá se descompuso mientras hablaba con él por teléfono. Titubeaba. Cuando uno es niño, como que advierte que algo no está bien. Después de esa llamada, lo que más recuerdo es haber oído llorar a mi mamá. Mi tío le dijo que tenía SIDA.

Mi tío se había ido para los Estados Unidos en la década de los 80. Tenía muchos años de haberse ido, en un período de la adolescencia bien avanzada. Él era el único hombre de una familia donde habían tenido tres mujeres. Hubo un tiempo donde no se supo mayor cosa de él.

Entre el 1987 y 1988, recuerdo que todos en la casa estábamos súper contentos porque iba a venir. Mi mamá, mis tías y mi abuelita se habían alegrado porque lo iban a ver nuevamente. Él estaba muy ilusionado por eso. Pero justo meses antes de hacer el viaje tuvo que suspenderlo porque lo ingresaron de emergencia en el hospital por una pérdida de peso de más de 10 libras.

Obviamente, en la década de los 80, el tema del SIDA se hablaba mucho en Estados Unidos, más que aquí. Una de las primeras pruebas médicas que le hicieron fue la del VIH. Cuando le dieron la respuesta le salió positiva. Su primera reacción fue negarse al resultado. Volvió a hacerse una prueba, y le volvió a salir positivo.

A la familia no le dijo nada. Suspendió el viaje. Comenzó a deteriorarse de manera bien rápida. Prometió que vendría. Hasta entonces le dijo a mi mamá, antes de venir, que tenía VIH. Yo en ese entonces tenía 11 años.

La llegada de mi tío coincidió con la construcción de un cuarto en la casa. Una de las cosas que le pasó por la mente a mi mami es que cuando viniera mi tío, él iba a poder tener un cuarto independiente. Pero ella se sentía mal. Se sentía con ese encuentro de emociones: quería tener distancia con mi tío, el miedo que le daba era que tenía una enfermedad que nadie conocía y que tenía a sus hijos de 11, de 18 y la más chiquitita seis años menos que yo. Su hermano estaba por venir, que era cercano, que lo ama y que tiene esa ilusión de verlo; pero al mismo tiempo estaba experimentando el dolor de que estaba enfermo y que además no está enfermo de cualquier cosa.

En ese momento, tener SIDA era equivalente a ser homosexual. Eso era doloroso. Además, el dolor de querer cuidar a sus hijos para que no se contagiaran de algo que no sé qué puñetas es, y no quería hacer sentir mal a su hermano. Mi tío estaba verdaderamente mal. Se deterioró mucho. Finalmente mi tío vino en el 88. Recuerdo haberlo visto flaco, flaco. Él era blanco, pero venía pálido. Demacrado; totalmente distinto a todas las fotos que miraba de él. Vino y no tenía certeza de si se iba a quedar. Su vida se sacudió de tal manera que se descontroló. Tanto así que al venir fueron al médico. Él doctor le dijo que estaba bien, que por favor se reanimara porque, de lo contrario, ese estado de ánimo le iba a provocar más fragilidad a su cuerpo. Por consiguiente, la muerte.


Amor a Distancia

Al único que veía con una actitud de cercanía con mi tío era a mi papá. Creo que mi papá supo llevar mejor el asunto. Se acercaba de una manera despreocupada, pero no excesiva. Así lograba tranquilizar a mi mami.

En ese entonces nadie me dijo qué tenía mi tío. Se lo dijeron sólo a mi hermano mayor. Pero obviamente, aunque era niña -- y quizás me enteré en alguna conversación que le escuché a mi mami -- yo sí sabía que mi tío tenía SIDA. Abiertamente nadie hablaba de eso en la casa.

Mi abuelita estaba mal y confundida. Ella sabía que el SIDA era una enfermedad de homosexuales. Entonces no encontraba nada más que significados negativos para lo que le estaba pasando a su hijo. Era bien difícil. La gente se enfocaba más en los defectos que en la sensibilidad de lo que es tener SIDA o cáncer, o cualquier enfermedad mortal. Su único hijo niño, que se había ido, que no supo nada de él por dos o cuatro años, y aparece enfermo con SIDA; era muy difícil de entender. Y la gente alrededor no decía nada o no decía un discurso de tranquilidad.

Una vez me quedé sorprendida y me sentía mal con mi tío. No era por un rechazo de mi mamá a mi tío, porque no lo era, sino miedo. Como no conocía tan bien las cosas ni los prejuicios tan marcados como el resto de mi familia, podía percibir ese temor de acercarse a él. Pero también él estaba poniendo en una situación difícil a su familia. Esa vez, estaba sentada a la par de él. Era el tío que me adoraba, que me adoraba y me escribía o me mandaba fotos. Había fomentado siempre una cercanía entre él y yo. Ese día estaba sentado a la par de mi tío. Tosió, y de pronto mi mamá me jaló y me dijo: "Venite". Quiso remediar aquel impulso, esa reacción. Mi mamá estaba tensa, no solo por la enfermedad de mi tío sino que también porque le podía pasar esa enfermedad a alguno de sus hijos.

A pesar de que a uno le explicaban cómo se pasaba la enfermedad, le quedaban algunas dudas sueltas, como que con los abrazos no se transmiten. Además uno, con la ambigŁedad de chiquito, se preguntaba por qué no podía pasar tiempo junto a mi tío. Mi mami era la preocupación total. Mi tío pasó sombrío todo el tiempo que estuvo en la casa, como dos o tres meses.

Una de las hermanas de mi mamá, la que vive en El Salvador, le dijo a ella que no podía recibir a mi tío en su casa por su esposo e hijos, que estaban chiquitos. Ahí tuvieron una diferencia. Tampoco llegó a una discusión que las distanciara. Fue una discusión no solo dolorosa, porque tenés un familiar que se va a morir, sino porque ella se iba a quedar con todo ese estrés. Mi mami no tenía el corazón para no recibir a su hermano, por mucho miedo que tuviera.


El Tiempo No Calla

Él sabía que se iba a morir. No era que no quisiera estar cerca de su familia, sino que en Estados Unidos iba a poder tener un mejor tratamiento médico. Por eso decidió irse. Permaneció ingresado por menos de un año en una clínica. Nunca recuperó su peso. De hecho perdió más. Se desvinculó del presente y hubo un momento en el que no reconoció a sus familiares. Aunque físicamente su deterioro no fue tan notable. Sólo a través de fotos lo volví a ver. La última vez que lo vi, estaba despidiéndose en la sala; tomándonos fotos; a mi mamá todo el tiempo tensa y con los ojos llenos de lágrimas.

Cuando la noticia de la muerte de mi tío llegó, mi mamá se fue a donde mi tía para ver cómo le explicaban a mi abuelita. Mi abuelita estaba de pie. Salió al pasillo de la casa. Vio a mi mamá deshecha en llanto y desde que mi abuelita la vio preguntó si se había muerto mi tío. "¿Verdad que se murió mi niño?", le dijo. Mi mamá no le supo responder, sólo se puso a llorar. Mi abuelita entendió y se desplomó. Fue como si las piernas se le hicieran de trapo.

Murió el 1 de enero de 1989, un año después de que se fue. A mi mamá le ha costado mucho superar esto. Tanto que nunca habló abiertamente conmigo, hasta el año pasado que le dije si íbamos a la celebración del Día Mundial contra el SIDA. Es la que hacen en el Centro, en la Catedral Metropolitana.

Poco a poco va abriendo la disposición a hablar. Lo que lamenta un montón es cómo la fragilidad emocional de mi tío, de ella, de no saber qué hacer, pudo haber hecho sentir mal a su hermano. Esas son como las cosas que más la cargan, porque desconocía muchas cosas y temía muchas más.

Alexis Henríquez, periodista de ElFaro.net; reimpreso por cortesía de Elfaro.net, publicada el 18 de junio de 2007; cartas@elfaro.net.


  
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Este artículo era proporcionada por AIDS Project Los Angeles. Es parte de la publicación Impacto.
 

 

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