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Mi Historia

Verano/Otoño de 2007

Jane Pecinovsky Fowler
Jane Fowler; Fotógrafo: Scott Pasfiel, Nueva York.
En la privacidad de mi apartamento de la ciudad de Kansas, MO, en enero de 1991 abrí una carta que no esperaba y que cambió el curso de mi vida. Una carta que me transformó de ser una periodista profesional (una entrevistadora) a ser una entrevistada de los medios de comunicación; de ser una persona privada a ser una activista pública.

Hoy, y como consecuencia del contenido de esa carta, soy una educadora de prevención del VIH/SIDA de 72 años de edad, que habla en diferentes medios de comunicación en todos los Estados Unidos, aun internacionalmente, instando a poblaciones diversas a que reconozcan que el virus no discrimina, que puede infectar a cualquiera, a cualquier edad.

La carta que recibí, era de una compañía de seguros de salud -- a la cual había solicitado los servicios para una nueva cobertura médica -- , y decía que había sido rechazada como paciente debido a la presencia de una "anormalidad muy grave en mi sangre", según el reporte de mi análisis de sangre de rutina. Debido a la noticia alarmante, llamé temblando al que había firmado la carta.

"¿Cuál es la anormalidad tan grave?", pregunté. Su brusca repuesta fue: "Lo siento, pero es confidencial, sólo el doctor se lo puede decir".

A las pocas horas, estaba en el consultorio de mi doctor, en donde con cara de preocupada leyendo el fax, me dijo: "Jane, esta aseguradora alega que tu análisis de sangre dio un resultado positivo de VIH". Atónita por la noticia, me hice un análisis de sangre dos días más tarde, con la esperanza de que todo haya sido un error.

Tuve que esperar dos semanas -- las dos semanas más agonizantes y largas de toda mi vida -- , pero los resultados del análisis simplemente confirmaron la presencia del VIH.

Mi familia y a los pocos amigos a quienes les hablé sobre mi situación estaban pasmados, porque yo no encajaba en el clásico estereotipo de una persona con VIH/SIDA. Sin lugar a dudas no era un hombre gay, nunca usé drogas inyectables, ni me habían hecho una transfusión de sangre. Al momento del diagnóstico era una mujer profesional con 55 años de edad, que después de haberme graduado como periodista en la Universidad de Kansas, trabajé 15 años como reportera y escritora especializada del The Kansas City Star, luego fui editora asociada de la revista Bon Appetit, para luego continuar como escritora independiente.

Viví un estilo de vida tradicional y convencional. Cuando me casé, en 1959, era virgen y mi relación fue monógama durante mis 23 años de matrimonio. Pero, a principios de la década de los 80, me divorcié (no por elección), y comencé a salir con gente nuevamente, por primera vez después de un cuarto de siglo.

No me considero haber sido promiscua. No frecuentaba los bares. Solamente salí con hombres de mi edad, quienes como yo, eran divorciados.

En aquellos días sabía muy poco del VIH/SIDA. Simplemente sabía que era una enfermedad misteriosa y fatal y que estaba afectando a la comunidad gay. ¿Por qué los heterosexuales habrían de temer? A mí no se me ocurrió que al tener sexo sin protección con un hombre atractivo, encantador e inteligente con interés y que había sido amigo cercano de toda mi vida de adulto me pondría en riesgo.

Pero, más tarde aprendí, que a la edad de 50 años a fines de 1985, me había infectado con VIH.

Una vez que recibí el diagnóstico y la fecha de mi infección, me retiré inmediatamente de la vida pública, diciendo que me "jubilaba". Me convencí a mi misma y a un círculo pequeño de amistades, que estaban al tanto de mi condición que me retiraría para vivir serenamente, con la intención de reducir mi estrés y proteger mi salud lo más que pudiera.

Pero eso fue una mentira. La verdad era que quería mantener mi estado de VIH en silencio. Después de todo, una mujer de la tercera edad no puede sufrir de una enfermedad de transmisión sexual con estigma, ¿cierto? Me convertí en una especie de prisionera, escapando a través de la lectura, leyendo mucho, mirando la televisión durante horas, usando la comida como consuelo y comiendo un montón. En suma, gané peso en lugar de perderlo.

Durante cuatro años de semi-aislamiento, pasé el tiempo solamente con mi familia -- mis padres, mi hijo, Stephen y su novia; y con aquellos amigos del círculo que me sostuvieron con su compasión. Mis confidentes se educaron y se informaron, entendieron cómo se transmite el VIH, y estaban concientes que no había nada que temer de mi persona. Continué entreteniéndolos en mi casa, y ellos continuaron invitándome a la suya. Salíamos juntos, a comer afuera y al cine.

Las películas también se convirtieron en una constante y solitaria forma de escape. Al levantarme cada mañana, iba a buscar mi diario que lo tiraban en la puerta de entrada; y antes de leer las noticias, buscaba los avisos de las películas. La idea era encontrar las horas de matiné en el teatro más distante posible. Si fuera necesario manejar durante 45 minutos para llegar, lo haría, con tal de evadir el entorno familiar y no encontrarme con conocidos que me preguntarían: "Jane, ¿por dónde anduviste, qué andas haciendo?" Yo, no estaba lista para contestar: "Esperando morirme de SIDA".

Jane Fowler con sus nietos, Milo, de 4 años y Matilda de un año de edad. Fotografía por cortesía de Jane Fowler.
Jane Fowler con sus nietos, Milo, de 4 años y Matilda de un año de edad. Fotografía por cortesía de Jane Fowler.
Fue entonces en la primavera de 1995, cuando de pronto me motivé lo suficiente para romper mi silencio, hablar y predicar prevención, particularmente a grupos de mi edad. Motivada por mi familia, amigos y mi médico, decidí hacerle frente y decir: "Miren a esta cara vieja, arrugada y con papada. Esta es otra cara del VIH. No es quien eres, cuantos años tienes, sino más bien es qué haces y no haces con respecto a la transmisión del virus".

Han pasado doce años (durante los cuales mi salud se ha conservado bien), y he brindado más de mil presentaciones a audiencias de todas las edades en diferentes tipos de establecimientos, tales como escuelas, iglesias, centros de atención para la salud, corporaciones y en conferencias. Después de siete años de liderazgo en la Asociación Nacional de VIH en mayores de 50 años, renuncié en el 2002, para fundar, en la ciudad de Kansas, el programa de Sabiduría del VIH para Mujeres Mayores. Mis objetivos han cambiado desde mi diagnóstico. Ahora me siento comprometida a ayudar a otros para que puedan evitar al VIH. Los ayudo confesando el error que cometí hace unos veinte y tantos años atrás, cuando no sabía sobre lo necesario que era practicar "sexo seguro/más seguro". No pido compasión ni lástima por mi infección, solamente pido que me ayuden en mi campaña educativa.

Mi función como portavoz para la generación de la tercera edad, mujeres especialmente, ha captado la atención de la prensa gráfica nacional y los medios electrónicos, como resultado de esto se ha contado mi historia y se ha mostrado mi trabajo en los principales mercados a través de todo el país (inclusive en el show de Oprah Winfrey). Esta forma de comunicación me ha permitido alcanzar a un número incalculable de personas que de otro modo no se hubieran informado sobre la transmisión del VIH y su prevención.

El estigma relacionado al envejecimiento muestra la falta de emprendimiento en la prevención del VIH. Una idea común es el pensamiento de que la abuela o el abuelo no están o no deberían estar allí afuera teniendo sexo, o levantándose a alguien por la misma razón. Los mayores todavía siguen siendo activos sexualmente, y esta realidad necesita ser reconocida, especialmente, por los proveedores del área de la salud y social que prestan servicios a la comunidad de la tercera edad.

Yo sigo continuamente recordándole a todos que el VIH es una enfermedad que se puede prevenir (a diferencia de muchas otras), y que "nunca sabemos la historia sexual de nadie, excepto la propia".

Mi trabajo se facilita gracias al apoyo de muchos, especialmente, mi familia. A pesar de que mis padres ya no están, mi hijo Stephen tiene una esposa y dos hijos: Milo quien cumple 4 en octubre y Matilda quien celebró su primer año en marzo. ¡Los abrazos de un nieto y de una nieta son una gran medicina!

Traducción por Mónica Leibovich-Adrabi. Para contactar a Jane Fowler, puede escribirle al correo electrónico: jane@hivwisdom.org y puede visitar la página electrónica: www.hivwisdom.org.


  
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Este artículo era proporcionada por AIDS Project Los Angeles. Es parte de la publicación Impacto.
 
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