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Depresión en Adultos Mayores con VIH

Verano de 2006

En el estudio de ACRIA realizado en el 2006 con 1,000 residentes de la ciudad de Nueva York que tenían más de 50 años de edad (ROAH, por sus siglas en inglés, Investigación en adultos mayores con VIH), se encontró que la incidencia de la depresión era 13 veces más alta que aquella encontrada en la población general de la ciudad de Nueva York. A medida que esta población aumente y vaya envejeciendo (en la ciudad de Nueva York, el 30% de todas las personas viviendo con VIH tienen más de 50 años de edad y el 70% más de 40 años de edad), existirá una necesidad crítica para darle solución a esta enfermedad tratable. ¿Por qué existen niveles tan altos de depresión en personas mayores con VIH? Más importante aún, ¿Por qué el sistema de cuidados de salud no responde a esta necesidad médica? Mientras muchas enfermedades son comunes al VIH y al proceso de envejecimiento, la falta de enfoque en el manejo de la depresión es inquietante.

El impacto de la depresión en el sistema inmune ha sido bien establecido. El estrés y la depresión pueden tener efectos dañinos en la inmunidad celular, incluyendo a aquellos aspectos del sistema inmune afectados por el VIH. De acuerdo a Leserman (2003), los síntomas elevados de la depresión se asocian con una progresión más rápida a SIDA. Otro estudio encontró que síntomas depresivos se asocian, especialmente en la presencia de estrés severo, con una disminución del conteo de células CD4 y el descenso de los linfocitos (Kopinsky, 2004). Mas aún, ha sido teorizado que el cortisol, que está elevado durante periodos de estrés, puede afectar la replicación viral del VIH, y también otras respuestas inmunes. Algunos estudios muestran que el estrés severo de la vida cotidiana, combinado con una alta actividad de glucocorticoide, pueden producir una disminución en las poblaciones de linfocitos circulantes, que a su vez pueden alterar la defensa del sistema inmune contra las infecciones (Petitto et al, 2000).

Las relaciones precisas entre estresantes, depresión y el sistema inmune permanece un enigma, pero entendiendo el rol de los factores psico-sociales en la progresión del VIH pueden ayudar al desarrollo de nuevas intervenciones en el mejor manejo del VIH. Existe una dinámica psico-inmune que impacta la salud y que es la base para tales terapias complementarias como la relajación, masaje, visualización, y meditación. Y como la incidencia de la depresión aumenta con la edad, junto con una disminución de la respuesta del sistema inmune, está claro que el tratamiento de la depresión puede llevar a un mejor manejo del VIH tanto como todas las enfermedades asociadas a la edad.

El objetivo del manejo del VIH es maximizar la función inmune. Los antiretrovirales son claramente el método primario por el cual se maneja el VIH. Pero como el manejo de la depresión disminuye el estrés en el sistema inmune, puede considerarse un aspecto significativo en el manejo de la enfermedad. Al suprimir el sistema inmune, la depresión rinde que las personas sean más vulnerables a enfermedades infecciosas. Esto se convierte en un asunto de importancia mayor a medida que las personas con VIH van envejeciendo.

Como la incidencia de la depresión aumenta con la edad, el manejo de la depresión en adultos mayores en la población VIH positiva se hace aún mas una prioridad para maximizar la función del sistema inmune, que también disminuye con la edad. ¿Cuáles son las barreras para recibir tratamiento? Los adultos mayores tienen menos probabilidad de buscar ayuda para la depresión. Comúnmente existe la falta en reconocer los síntomas de la depresión, y puede existir la percepción que el estar deprimido es simplemente una característica del proceso de envejecimiento en vez de una enfermedad. Más aún, las personas pueden estar deprimidas sin sentirse triste. Más aún, el desorden depresivo en la población de envejecientes se expresa más comúnmente con la agitación e irritabilidad, y en términos físicos con quejas poco claras tales como dolores musculares y trastornos gastrointestinales.

Los adultos mayores continúan considerando la depresión como algo vergonzoso que no debe de ser conocida -- aún por los médicos. Los médicos a su vez, frecuentemente fallan en hacer las preguntas que identifiquen y diagnostiquen la depresión en adultos mayores. Y existe con frecuencia la creencia de que nada se puede hacer con aquellas personas que tienen suficientes motivos para estar deprimidas. Esta declaración es la base del porque a la depresión se le ha dado poca atención por aquellos que cuidan de personas viviendo con el VIH:"Deberías de estar deprimido"

Los adultos mayores con VIH que están deprimidos tienen mayor probabilidad de tener problemas financieros, tienen menos personas que los apoyen, les falta información crítica sobre el VIH, viven solos, tienen pensamientos del suicidio, y experimentan mayores niveles de estigma relacionados al VIH y el envejecer en comparación con otros adultos mayores que no están deprimidos. La depresión puede interferir con la adherencia al tratamiento, las vistas médicas, la participación en actividades sociales, y las relaciones personales.

En ROAH, los síntomas depresivos fueron medidos utilizando una Escala del Centro de Estudios Epidemiológicos de la Depresión (CES-D, por sus siglas en inglés). Esta es una de las herramientas estandarizadas primarias usadas para evaluar la depresión. Puntajes entre 16 y 27 indican niveles moderados de depresión y típicamente corresponderían a un diagnostico de depresión clínica. Puntajes de 28 y más indican niveles severos de depresión. Los puntajes de los participantes de ROAH variaron de 0-52. El puntaje promedio de CES-D fue de de 20.3:36% de los participantes no estaban deprimidos (puntajes menores a 16), mientras que el 38% tenían depresión moderada (puntajes de 16-27) y el 26% podrían ser clasificados como severamente deprimidos (puntajes mayores a 28). ROAH no encontró diferencias entre hombres y mujeres pero si existieron diferencias significativas entre los grupos étnicos, con Latinos con niveles mayores de depresión en comparación a los Afro-Americanos. El puntaje del grupo de la población Blanca los colocó entre los Latinos y Afro-Americanos. ROAH muestra que adultos VIH positivos que están envejeciendo experimentan niveles significativos de depresión 13 veces mayor al del resto de la población general de la ciudad de Nueva York.

No existe una sola evidencia del porque estos niveles se encuentran tan altos. Esta es una población que está recibiendo cuidados, con un acceso a una variedad de formas de apoyo para el manejo de desordenes depresivos. Un motivo puede ser la dificultad en diagnosticar la depresión cuando los síntomas no son típicos o cuando son fácilmente confundidas con problemas físicos. Muy frecuentemente, los médicos al cuidado se enfocan en el VIH y ven los síntomas depresivos como una reacción esperada de la persona que vive con el VIH. La necesidad de la salud mental de este grupo creciente de adultos es grandemente dejado pasar. En la era de medicamentos antiretrovirales efectivos, es de gran importancia para los proveedores de salud estar preparados para poder evaluar y tratar las condiciones de salud física y emocional que presentan los adultos envejecientes. De hecho, la co-ocurrencia de VIH y depresión es una fórmula para la continua aflicción del sistema inmune. La efectividad del tratamiento antiretroviral puede también haber causado que los proveedores de salud vean a la depresión como una enfermedad menos significativa que no necesita tratarse agresivamente.

El abuso de substancias es un factor que contribuye a una incidencia alta de la depresión en la población de adultos mayores viviendo con el VIH. El uso de substancias para auto-medicar su depresión es común. Sumado a eso, el estigma del VIH combinado con el estigma de la depresión hacen que el buscar ayuda para la depresión sea un reto mayor. En el estudio de ROAH se encontró que el 54% de adultos mayores usan alguna sustancia ilícita o alcohol regularmente. Esto puede precipitar la depresión, o enmascarar los síntomas para que la depresión no sea identificada por los proveedores de cuidados. Súmele a estos factores los resultados encontrados en ROAH que el 70% de adultos mayores con VIH viven solos, están desconectados de sus familias biológicas, y que pocos están casados o tienen parejas estables, consecuentemente la incidencia tan alta de la depresión no es sorprendente.

En el estudio de ROAH se encontró que el 42% de los participantes mencionaron que el apoyo emocional que recibían era inadecuado. Esta característica de necesidades servidas inadecuadamente es similar a otros estudios que examinaron diversos grupos de adultos mayores. Sin embargo la magnitud de necesidad- particularmente la necesidad de apoyo emocional- es más alto en adultos mayores con VIH que otros adultos mayores en Nueva York. Tomando toda esta información, lo encontrado por ROAH describe una población en riesgo. Estos adultos mayores quizá no logren acceder el apoyo necesario para poder envejecer existosamente. Los altos niveles de necesidades servidas inadecuadamente de apoyo emocional, tanto como evidencia significativa de soledad reflejan una cierta distancia de los seres amados, ya sea físicamente o emocionalmente. Una de las posibles causas para esta enajenación es el poderoso estigma relacionado al VIH/SIDA, tanto como el envejecer. Súmele a esto la cantidad masiva de personas con depresión no tratada y uno rápidamente concluye que existe una necesidad para proveer de una guía dirigida para el manejo de las necesidades emocionales de esta población.

El tratamiento es necesario. Más importante, un tratamiento efectivo sostenido es necesario. Muy frecuentemente los proveedores de cuidados primarios para aquellas personas con VIH son médicos especialistas en Enfermedades Infecciosas que tienen poca experiencia en el manejo de la depresión y otros problemas de salud mental. Como con el VIH, la adherencia a los regímenes de tratamiento para la depresión es importante. Esto puede convertirse en un reto del manejo de la enfermedad para el cliente y su proveedor de cuidados al empezar a necesitar otros tratamientos para enfermedades asociadas a la edad tales como las condiciones coronarias, artritis, osteoporosis, y patologías del sistema nervioso central y periférico.

Stephen Karpiak is ACRIA's Associate Director for Research.


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Este artículo era proporcionada por AIDS Community Research Initiative of America. Es parte de la publicación ACRIA Update.
 
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